jueves, 29 de octubre de 2009

Introducción al estudio de los símbolos


Carlos del Tilo
Reflexión sobre el significado de la palabra "símbolo" y el fundamento del pensamiento simbólico.

“Cuando el símbolo es una realidad, es imposible descubrirlo sin la Ayuda de Dios”.

El Mensaje Reencontrado II, 44

René Guénon había formulado la siguiente pregunta en su obra Les Symboles fondamentaux de la Science Sacrée: “¿Por qué se encuentra tanta hostilidad, más o menos confesada, respecto al simbolismo?” “Ciertamente, decía, porque es un modo de expresión que se ha convertido en algo completamente ajeno a la mentalidad moderna, y porque el hombre está naturalmente inclinado a desconfiar de aquello que no entiende,... el simbolismo es todo lo contrario de lo que le conviene al racionalismo y todos sus adversarios se comportan, algunos sin saberlo, como auténticos racionalistas”.

En efecto, el símbolo se dirige a la intuición de la fe y no a las especulaciones de la razón, puesto que el símbolo encierra una realidad que sólo puede conocer aquel que la ha experimentado. Por ello, mientras sea el símbolo objeto de fe, el hombre no puede sino explicar un símbolo mediante otro, y corre así el riesgo de contentarse con este juego, olvidando que los símbolos sólo existen para recordar los misterios de la ciencia divina.

Hablando de símbolos, es necesario en primer lugar comprender de qué se trata, y para este fin se precisa, como siempre, buscar el sentido etimológico de la palabra. Símbolo significa “signo de reconocimiento”, pues, éste es el sentido exacto de la palabra griega symbolon, del verbo symballo, juntar, reunir; symbolé significa ajuste. El término se refería primitivamente a “un objeto partido en dos del que dos personas conservaban cada una mitad, y que transmitían a sus hijos. Estas dos mitades reunidas servían para que aquellos que las llevaran se reconocieran, y para demostrar las relaciones de hospitalidad que habían existido anteriormente”. Las dos partes separadas, una vez reunidas se ajustaban exactamente la una con la otra, para formar de nuevo el objeto primitivo. Es necesario pues que el símbolo sea reunido con su otra mitad natural, para poder constituir “el signo de reconocimiento”.

Existe un símbolo esencial al que se refieren todos los demás de la ciencia sagrada y este símbolo por excelencia es el hombre, creado “a imagen (en hebreo: bidmut) de Dios” (1). Comparemos este versículo que se refiere al hombre después de la caída, con otro versículo del Génesis I, 26 que habla de la creación del hombre original, es decir, antes de la caída: “Haremos el hombre a nuestra semejanza como a nuestra imagen (betzalmenu kidmutenu)”. En el principio, Dios creó al hombre uniendo su semejanza con su imagen (tzelem y demut).

Como consecuencia del pecado original, el hombre perdió la semejanza divina, que se refiere al primer término, tzelem, y se quedó sólo con la imagen divina. el demut, lo que representa precisamente el símbolo incompleto del hombre original. De ahí el epígrafe que origina esta reflexión: “Cuando el símbolo es una realidad, es imposible descubrirlo sin la ayuda de Dios”. Esta realidad que no puede ser reconocida, sino mediante la reunión con su otra mitad substancial y representada por la ayuda de Dios, es el secreto del hombre esencial, símbolo o mitad de la Divinidad, que está sepultado en las tinieblas del exilio de este mundo.

Al releer el capítulo II, 18 a 25 del Génesis, vemos que esta ayuda de Dios consiste en algo concreto. Así dice el Profeta: vers.18 : “Y dijo el Señor Dios: no es bueno que el hombre esté solo, le haré una ayuda conforme a él...”. Vers. 20: “El hombre pronunció los nombres de todos los animales domésticos, de las aves del cielo y de todos los animales salvajes del campo, pero no encontró ayuda conforme a él”. Vers.21: “Y el Señor Dios hizo caer sobre el hombre un sueño (tardemah) (2) y durmió, y cogió una de sus costillas, tzela (3). Vers. 22 : “Y el Señor Dios construyó a partir de la costilla que cogió del hombre, una mujer, y la hizo venir hacia el hombre”. Vers. 23: “Y dijo el hombre: Ésta, esta vez es hueso de mis huesos y carne de mi carne, y se llamará Ishah, ya que del hombre, Ish, ha sido cogida.”

Por sí mismo, el hombre no había podido encontrar a la ayuda conforme a él; era necesario que Dios interviniera, que cayera su sueño, tardemah, sobre él; entonces dijo el hombre: Esta vez sí, esta vez he encontrado mi complemento. Asimismo, para descubrir el símbolo o sea el hombre esencial, es necesario reunirlo con su “ayuda conforme a él.” Y esto, dicho de otra manera, viene a ser lo mismo que la “semejanza” reunida con la “imagen”, que aparece en Génesis I, 26.

Encontramos la misma enseñanza en la tradición islámica: Después del pecado, Adán y Eva cayeron en dos lugares diferentes de la tierra (alusión a la pérdida por Adán de su Ayuda conforme a él). Arrepentido, Adán, como todo buen musulmán, emprendió el peregrinaje a la Meca y allí, muy cerca de la ciudad santa, en el monte Arafa, encontró y reconoció a Eva que erraba tras su caída. La palabra Arafa significa precisamente: ‘conocer’, ‘reconocer’ (4). Ahí, sobre la montaña santa “se reconocieron”, y Adán pudo pronunciar esas palabras: “Esta, esta vez, es hueso de mis huesos...”

Descubrir el símbolo, o sea, el hombre, consiste en reconocer la realidad física que encierra, y ello mediante la ayuda de Dios, es decir, lo único que permite este reconocimiento (como la llave y la cerradura). Reconocer es “renacer con”, lo que implica una experiencia sensible. Los que han hablado o escrito sobre este conocimiento experimental o Gnosis, se llaman pues Conocedores, porque describen este nacimiento y este crecimiento natural; y todas las imágenes que utilizan, no son más que los símbolos de esta única experiencia, cuyo sentido no podemos descubrir mientras no la hayamos vivido.

De lo dicho se deduce fácilmente que existe gran peligro en intentar explicar y especular por nosotros mismos sobre el sentido de los símbolos tradicionales, ya que no “conocemos” (etimológicamente) a qué se refieren; así es como nos engañamos y engañamos a los demás. Eso no significa que no haya que estudiar los símbolos, sino que debemos dejar sólo a los conocedores el cuidado de explicárnoslos, ya que ellos siempre nos volverán a conducir al único símbolo que es el hombre esencial, reconocido y experimentado, mediante la ayuda que le es natural. Y todos los símbolos tradicionales no son más que las diversas expresiones de este único misterio interior. En cambio, nosotros, los proyectamos al exterior, es decir, intentamos aprehender la revelación física que transmite el símbolo con nuestros sentidos impuros y exteriores, resultado de la caída original.

Hay que resaltar que en las Escrituras con mucha frecuencia encontramos las siguientes advertencias: “¡Que aquel que pueda coger, que coja!”, o, “¡Que aquel que tenga oídos, que oiga!”, etc. ¿Cuáles son estos sentidos? Son los sentidos purificados que nos permiten oír, ver y captar las cosas de Dios, pero los sentidos del hombre exiliado se han vuelto groseros y carnales y por ello, el ídolo del que hablan las Escrituras se refiere al hombre carnal que no puede oír, ni ver, ni asir la vida. Por ejemplo, en el Salmo CXV, 4 a 8, está dicho: “Sus ídolos son plata y oro, obra de la mano del hombre. Boca tienen y no hablan, ojos tienen y no ven, oídos tienen y no oyen, olfato tienen y no huelen, manos tienen y no palpan, pies tienen y no andan, y no echan voz de su garganta; semejantes a ellos serán los que los hacen, todo el que en ellos confía”.

Encontramos en el libro de Ezequiel VIII, 3 algo interesante sobre el ídolo: “Y vi la figura de una mano extendida que me cogió de una guedeja de mi cabeza y, levantándome en espíritu entre cielo y tierra, me envió a Jerusalén en una visión de Dios, junto a la puerta interior del Templo que miraba hacia el Norte, donde estaba colocado el ídolo de los celos, para provocar los celos del Señor (5)”. Este ídolo ciertamente es el hombre; está situado en la entrada del Templo para representar su modo grosero de entender la imagen simbólica de la revelación, sus figuras y ritos, que provocan continuamente la cólera del Santo bendito sea. Y esto ocurre precisamente porque el hombre-ídolo tiene ojos y no ve, oídos y no oye, boca y no dice las cosas de Dios.

El ídolo está colocado al Norte del Templo, porque representa el lugar donde no hay luz, aunque es de allí de donde procede. Así comprendemos que el ídolo, la imagen, es lo mismo que el símbolo, separado de su complemento, de su ayuda natural.

Por todo lo dicho, podemos concluir afirmando que el símbolo es una realidad sensible que debe ser reunificada para convertirse en el “signo de reconocimiento”. En caso contrario, no es más que un ídolo inútil. El símbolo es como la cerradura de la puerta que nadie puede abrir, sino es con la llave que le corresponde exactamente

Todos los símbolos se refieren a una realidad física, pero escondida, a la que todos nos podemos aproximar por la fe y que luego se puede experimentar mediante una revelación de Dios.

NOTAS

1. “Si se considera más particularmente al hombre, ¿acaso no sería legítimo afirmar que él también es símbolo, por el hecho mismo de haber sido creado de Dios?” R. Guénon, op. cit., p. 37.

2. Tardemah: ‘sueño’, la Biblia griega de los Setenta, traduce: ‘éxtasis’.

3. Los comentaristas hacen hincapié en que la palabra tzela, ‘costilla’, significa también ‘lado’.

4. El Coran. Traducción y comentarios del Cheik Si Hamza. Sura XXII (nota del vers.129).

5. Ver también Salmo LXXVIII-58 : “Con sus ídolos han excitado sus celos...”

JERUSALÉN, CUNA DE LA FRANCMASONERÍA

Jerusalem, cuyo nombre significa "Ciudad de la Paz", es la ciudad del rey David quien, en el siglo décimo A.C. unificó bajo su gobierno la Tierra Santa (Judea, posteriormente llamada Palestina por los romanos) y estableció en Jerusalem su capital. Su hijo, el rey Salomón, tuvo la gloria de construir el Templo al Dios Unico, que se convirtió en el arquetipo de los templos en la civilización occidental, y un motivo central en las tradiciones masónicas en todos sus grados, el modelo del Templo ideal que construye cada Masón en el interior de su corazón.

El Templo del rey Salomón aparece ya en las antiguas Obligaciones de los constructores operativos ("Old Charges"), existentes en la Edad Media, y es fuente de muchas leyendas y características del simbolismo en distintos grados masónicos.

Tanto para cristianos como para judíos, Jerusalem es el punto central del mundo, el sitio donde se tocan el cielo y la tierra (Jerusalem Celeste y Terrestre). En la Edad Media, algunos mapas mostraban el mundo con Jerusalem en el centro, y los tres continentes conocidos entonces (Europa, Asia y Africa) radiando de ella como los pétalos de una flor. Jerusalem es mencionada por su nombre no menos de 656 veces en la Biblia hebrea (Antiguo Testamento), además de otras menciones con apelativos tales como "la Ciudad Santa", "Ciudad de la yerdad", "Ciudad de Dios", "Ariel", "Sion", etc. En el Korán también es mencionada una vez, bajo otro nombre ("El Quds").

En el año 556 A.C., el reino de Judea fué conquistado por Nabucodonosor y el Templo del rey Salomón fué destruído. Un segundo Templo fué erigido en el siglo V (A.E.C). por los judíos que retornaron del exilio en Babilonia, y posteriormente este segundo templo fué totalmente reconstruído y ampliado por el rey Herodes, cerca de la época cuando vivió Jesús. El Muro Occidental (conocido también como "Muro de los Lamentos") es un resto de la gran muralla de retención que rodeaba la terraza donde estaba erigido el Templo. Las gigantescas piedras en las hileras inferiores de esta muralla se cuentan entre las piedras labradas más grandes del mundo, pesando cientos de toneladas.

Después de la reunificación de Jerusalem en 1967, los arqueólogos israelíes hicieron excavaciones en esta zona, descubriendo secciones de la muralla desconocidas hasta entonces. También se encontraron las ruinas de la calle principal de Jerusalem en la época romana, el "Cardo", y actualmente se puede visitar una sección de la calle, con columnas y frisos auténticos.

La Ciudad Vieja de Jerusalem está circundada por una muralla, construída en el siglo XVI por el sultán otomano, Suleimán el Magnifico. Debajo de la muralla, cerca de la Puerta de Damasco, está la entrada de una caverna conocida como Las Canteras del Rey Salomón. En esta cantera se pueden ver todavía grandes bloques de piedra a medio cortar. En este lugar se realizó, el 13 de mayo de 1868, la primera ceremonia masónica en Tierra Santa de que hay documentos históricos. Un grupo de hermanos dirigidos por el M.R.H. Robert Morris (Gran Maestro Pasado de la Gran Logia de Kentucky, Estados Unidos) ejecutaron una ceremonia en el grado de Monitor Secreto.Actualmente, en la caverna se realizan una o dos veces por año ceremonias en el Grado de la Marca, a las que asisten numerosos Masones venidos de todo el mundo, que quieren tener la experiencia de recibir este grado - cuya leyenda transcurre en una cantera - precisamente en las canteras del Rey Salomón.En Jerusalem trabajan ocho logias, bajo la obediencia de la Gran Logia del Estado de Israel. La mitad trabajan en hebreo, pero también hay logias que trabajan en árabe, inglés, alemán y francés.

Otros puntos de interés en Jerusalem son el Museo Israel, donde se exhiben los famosos Rollos del Mar Muerto, escritos por los Esenios, y el Museo del Holocausto (Yad Vashem), dedicado a perpetuar la memoria de los seis millones de judíos, hombres, mujeres y niños, asesinados por los nazis durante la segunda guerra mundial.

La masonería israelí da un ejemplo de fraternidad y tolerancia ya que, a pesar de las frecuentes guerras y constantes actos de terrorismo que tienen lugar en esta parte del mundo, los masones árabes y jusíos han mantenido vivo el amor fraternal entre ellos, y se siguen ayudando y trabajando juntos en perfecta concordia. Hace algunos años atrás, la Gran Logia del Estado de Israel eligió como su Gran Maestro un hermano árabe cristiano, el M.R.H. Jamil Shalhoub. Existen en el país cinco logias que trabajan en árabe, y también existe una Logia de Perfección del Rito Escocés Antiguo y Aceptado que trabaja en árabe. El Gran Maestro, Ephraim Fuchs, se puso por meta dar a conocer la Masonería al público profano, y reforzar nuestras, columnas.

Bajo su liderazgo, se efectuaron numerosas reuniones con relevantes figuras públicas, ministros, el Gran Rabino de Israel (Israel Lau), los alcaldes de las principales ciudades del país, y otras personalidades. La Orden está tomando parte activa en la campaña contra el uso de estupefacientes.

El 5 de diciembre de 1994, levantó columnas en París la Logia Jerusalem, bajo la obediencia de la Gran Logia Nacional Francesa, y con el apoyo de la Gran Logia del Estado de Israel. Debe destacarse la Consagración e Instalación, en la ciudad de Jerusalem, de la Logia Gerusalemme, que trabajará en Roma bajo la obediencia de la Gran Logia Regular de Italia. En esta forma, la capital de Israel formará un tríptico fraternal con las capitales de Francia e Italia.
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León Zeldis, FPS, 33°PSGC, Supremo Consejo del Rito Escocés del Estado de Israel

Editor, El Francmasón Israelí

martes, 20 de octubre de 2009


Christian Jacq y François Brunier

LA CATEDRAL, PIEDRA VIVA

Cap. IX de "El mensaje de los constructores de catedrales", Barcelona, Plaza & Janés, 1976.

Ciudad feliz, Jerusalén, tu nombre es visión de paz, tú que te elevas en los cielos, tú hecha de piedras vivas... Del cielo desciendes, prometida esposa del Señor. El cimiento, la piedra angular, es Jesucristo, enviado del Padre. ¡Oh, ciudad! Al juntar tus muros, Jesucristo unió la Ciudad santa y el creyente que lo recibe descubre en su Dios su morada.
(ANALECTA HYMNICA, LI, n.º 102).

Quiéralo o no el hombre, el mundo sigue edificándose cada día; el Universo es un lugar de perpetuas mutaciones, de transformaciones incesantes que en su mayoría se nos evaden. El tiempo que transcurre nos permite comprobarlo, en parte, en nuestra propia existencia, ya que nuestra apariencia física se modifica igual que nuestra visión personal de la vida. En el fondo de ese movimiento existe algo inmutable, un punto central: la raza "Hombre" se encuentra en cada individuo, el Universo permanece en equilibrio y nos impregna con su radiación.

Para la Edad Media es esencial conciliar el movimiento y lo inmutable. De lo contrario, el hombre permanece estático o se convierte en la presa fácil de las circunstancias y de los acontecimientos fugaces. Entonces es cuando se impone la idea de una doble ciudad: la de los dioses, segura en su eternidad que nada será capaz de corromper, y la de la tierra, que las civilizaciones van construyendo sucesivamente hasta la extinción de la Humanidad. El arte del maestro de obras consiste en armonizarlas y hacerlas coincidir con el mayor rigor.

La catedral perfecta del Universo es la ciudad de Dios. Todo está ordenado en ella de acuerdo con unos ritmos que no varían nunca. Los planetas cumplen su revolución con una tranquila constancia, el sol se levanta cada mañana por el Este y las fases de la luna se repiten cada mes. Es posible prever, por la observación y el cálculo, el desplazamiento de los astros y comprender las leyes celestes que aplica el arquitecto soberano de los mundos, sin fallar un solo instante. Si el cielo es el lugar donde se expresan magnificas verdades, la organización de la Tierra ha de hacerse a su imagen. Así, pues, los maestros de obras tienen el deber de volver a crear la morada divina en el suelo de Occidente con el fin de que todos los hombres tengan ante sus ojos una imagen de la arquitectura secreta del paraíso, una imagen que les permitirá perfeccionarse y edificar el templo en sí mismos.

Así puede reconstituirse la gestión de los creadores de catedrales. En primer lugar, reconocer la armonía del Universo y de sus leyes, seguidamente manifestarla en una construcción de piedra y, por último, ofrecerla al hombre como ejemplo a seguir. El ciclo del visitante contemporáneo es absolutamente inverso: al contemplar Saint-Sernin, de Toulouse, ve primero una iglesia, luego percibe la belleza como elemento esencial de su propia nobleza. De una manera más o menos consciente siente en él el espíritu de la catedral concreta. Seguidamente observa la perfección de las líneas y las curvas, la coherencia de los muros, la precisión de los detalles esculpidos. Adquiere conciencia de que se encuentra situado de nuevo dentro de un orden en el que los juegos de luz desempeñan el principal papel. Y de un modo completamente natural se interroga sobre la fuente de esta luz y sobre el origen de esta arquitectura, y vuelve a encontrar la comunión perdida con el Universo entero.

Para la Edad Media, el destino humano está claro: venimos de Dios y vamos hacia Dios. No hemos elegido el día de nuestro nacimiento y tampoco elegiremos el de nuestra muerte. Nuestra aventura se desarrolla entre esos dos limites, tan misterioso uno como el otro y somos responsables de la orientación que adoptemos: negarnos a aceptar el misterio, hundiéndonos en la ignorancia o aceptarlo tal como es y avanzar hacia el Conocimiento. El milagro de las catedrales es uno de los pocos que nos da el medio de progresar por esta última vía. Ellas son otros tantos hitos indicadores en el bosque de los símbolos, otras tantas brújulas que mantienen el sentido de la vida.

Además, la catedral aúna a los seres pasados, presentes y por venir. Desde el origen, el espíritu humano trata de penetrar los secretos de la Naturaleza. La gruta prehistórica, los primeros templos de madera, los vastos edificios de piedra son resultados de una misma intención y surgieron del mismo ideal. Por esto, todos los constructores de todos los tiempos se han reunido en la catedral medieval. Los justos que han ocupado un lugar en los cielos junto al Señor dirigen el pensamiento de los maestros de obras y se encuentran presentes entre nosotros al afirmarse un arte sagrado. Es frecuente en las leyendas de la Edad Media que unos personajes del más allá vuelvan a la tierra y pidan al arquitecto que erija una iglesia en un lugar designado por ellos.

En el interior de las catedrales se celebraba, a cada instante, la unión entre el hombre y el Creador. Esas mansiones sagradas, alcanzando a la vez la mayor altura y la más lejana profundidad, integran el cuerpo inmortal de la Sabiduría al cuerpo mortal del individuo y de esta alianza surge el hombre nuevo que habla todas las lenguas.

El símbolo de la ciudad celeste era ya conocido por las civilizaciones más remotas. Por ejemplo, la Babilonia terrena tenía su modelo en la Babilonia de las alturas. En Egipto, los casos son numerosos. De la inmensa ciudad de Tebas, donde hoy día se admiran los templos de Karnak y Luxor, se nos ha dicho que se llama el orbe de la Tierra entera y que sus piedras angulares están colocadas en los cuatro pilares. Están, pues, con todos los vientos y sujetan el firmamento de Aquel que está oculto. En Roma, el Panteón representaba también la esfera celeste.

En el momento en que se impone el Cristianismo, la noción de Iglesia tiene dos sentidos complementarios. Por una parte, es la comunidad local dirigida por el Antiguo, y por otra, la sociedad universal de fieles. Volvemos a encontrar estas dos dimensiones en la catedral de la Edad Media. Es, a la vez, el faro de una ciudad de características bien señaladas y el emblema de la totalidad de los peregrinos. Ciudades tan modestas como Chartres o 5aint-Bertrand-de-Comminges consagraron todos sus esfuerzos a la construcción de sus grandes iglesias, porque se consideraban como reinos completos donde debían realizarse todos los elementos de la vida espiritual magnificados por la catedral.

Al visitar el Sacré-Coeur, nos sentimos limitados por una época y por un lugar exacto. Ese monumento artificial, hecho de piedras inertes, apenas despierta nuestro interés. Por el contrario, al franquear el umbral de una catedral nos sentimos acogidos por piedras vivas. En el templo, nuestros pensamientos se entretejen con la imagen de las nervaduras, nuestros sentimientos se ennoblecen y se yerguen siguiendo la línea de los pilares y nuestra mirada se colma con el color inmaterial de las vidrieras. Para el hombre de la Edad Media, la catedral es, de una manera tangible, la Jerusalén celeste. Sabe que la palabra de las piedras le revela las virtudes que necesita y le pone en guardia contra los errores fatales; sabe que la cripta comunica directamente con nuestra Madre la Tierra y que la ventana circular de la bóveda se abre ante nuestro Padre el Cielo. En la catedral ya no es un caminante, un forastero inquieto por el mañana, sino un invitado colmado de las más valiosas riquezas, un hijo que Nuestra Señora recibe en su palacio. Sin embargo, lo que le espera es el trabajo y no el reposo. Y también sabe que ese trabajo es un don porque transforma el mundo en plegaria y el alma en luz.

Si el templo medieval representa el Universo, es el Libro el que nos permite interpretarlo. Sería vano creer en una posibilidad de lectura directa por medio de cualquier instrumento. Nuestra mirada es naturalmente imperfecta y debemos recurrir al texto sagrado que componen las piedras para comprender el lenguaje de Dios. Todo pasa como si cada uno de nosotros poseyera una letra, que sola, no es de utilidad alguna. Al unirlas en una sociedad profana, tampoco obtenemos un resultado más satisfactorio porque formamos palabras artificiales o las letras chocan entre sí carentes de toda coherencia. Por el contrario, los maestros de obras conocen la tradición y los símbolos y son capaces de redactar un libro inteligible en el que cada letra ocupa su lugar y en el que se inscriben las más altas verdades. A buen seguro, las páginas se encuentran dispersas por toda la tierra. Descubrimos una en Milly-la-Foret, otra en Bayona, una tercera en Colonia, una cuarta en Canterbury. A nosotros nos corresponde viajar y reconstituir el Libro inicial donde podremos escribir nuestra experiencia aportando la piedra nueva de nuestra conciencia.

"Lo que irradia aquí dentro, os lo presagia la puerta dorada -decía el texto grabado en la fachada de la iglesia abacial de Saint-Denis-. Por la belleza sensible, el alma adormecida se eleva a la belleza verdadera y de la tierra en la que yacía sumergida resucita al cielo al ver la luz de sus esplendores". Con ocasión de la consagración de una catedral se celebraba la bienaventurada ciudad de Jerusalén, esa visión de paz construida con piedras vivas en los cielos y rodeada de ángeles como el cortejo de una novia. Ella descendía de las alturas para que la esposa quedara unida al Señor y que cada hombre digno de Jesucristo fuera el testimonio de aquel casamiento. La iglesia desbordaba de melodías, de alabanzas y de cánticos mientras que el Dios triple y único abría las puertas. Implorando su clemencia, los elegidos que participaban en la celebración pedían "la revolución de los años hasta los tiempos más remotos", de manera que la obra realizada fuera eterna y animada por una constante alegría.

Mundo transfigurado, la catedral contiene una luz que no existe en parte alguna fuera de ella porque es fruto de un esfuerzo libremente realizado. El maestro de obras le confía aquello que su civilización tiene de más elevado con el fin de que ella lo distribuya sin restricciones a las generaciones futuras. La ofrenda hecha al templo se multiplica hasta el infinito y se transmite por los siglos de los siglos.

Estas concepciones simbólicas no tendrían más que un valor secundario si la catedral de la Edad Media no hubiera sido, ante todo, el centro vital de la ciudad donde se había establecido una comunidad humana. Los medievales no la admiraban como un monumento agradable por sus formas, sino como una referencia esencial de la vida social. La catedral es útil porque sacraliza la vida cotidiana. Si se comparara la ciudad a un torno de alfarero del que nacen las actividades de cada día, la catedral sería el eje invisible alrededor del cual se organiza todo.

El edificio ejerce una protección mágica. Su campanario ahuyenta a los demonios y provoca la llegada de los ángeles que ayudarán a los ciudadanos con sus consejos. Las gárgolas disipan las tempestades y las flechas atraen el influjo magnético que se extenderá sobre la población y la mantendrá en resonancia con los movimientos celestes. La construcción entera en un talismán gigantesco que pone a la comunidad al abrigo de las fuerzas hostiles; una ciudad privada de templo está expuesta a las peores calamidades.

Cada ciudadano ejerce un oficio en el cual se concentra olvidando en cierto modo las funciones que ejerce su prójimo. Cuando acude a la catedral se encuentra con los que tienen otra profesión y charlan sobre sus respectivos éxitos y fracasos para que el trabajo del individuo se convierta en bien de todos. Gracias al templo, los elementos dispersos del cuerpo social conquistan de nuevo su indispensable unidad. Además, los gremios habrán confiado sus denarios a los constructores y en el transcurso de los años siguen ofreciendo objetos litúrgicos, vidrieras y esculturas. El embellecimiento y la conservación de la iglesia no quedan abandonados a un administrador, sino que dependen de la responsabilidad colectiva. En el mismo interior de la catedral, la población tomaba las decisiones determinantes para su porvenir; se daban cursos, se representaba en la nave el repertorio del teatro sacro y se acudía a cosechar informaciones relativas a los asuntos del reino. La catedral permanecía abierta a todas las horas del día y de la noche. Campesinos, artesanos, caballeros y burgueses mantienen numerosas conversaciones antes y después de la celebración de la liturgia que les da un mismo hálito, un mismo ideal sin cesar avivado.

La Edad Media intentó crear comunidades, no multitudes. A la unidad de las piedras juntas respondía la unidad de la comunidad de hombres ligados por la veneración de un mundo sagrado. El "cuerpo místico" de Jesucristo se encarnaba, precisamente, en el alma de una población unida alrededor de su iglesia.

Las reuniones y las fiestas tenían un carácter espiritual muy importante, que con frecuencia ha sido mal comprendido. Las celebraciones calificadas de "licenciosas" en las que, por ejemplo, se veía entrar en la catedral un hombre y una mujer desnudos a lomos de un asno, fueron instauradas por la propia Iglesia, especialmente en las ciudades donde existía un capítulo importante de canónigos. Los eclesiásticos de la Edad Media tenían el sentido del juego de la vida, de lo precario de las jerarquías y sabían que, de vez en cuando, había que replantear los valores adquiridos. A través de la fiesta se liberaba una energía crítica, una oleada carnavalesca donde se representaba un mundo al revés cuya visión permitía apreciar el valor auténtico del mundo ordenado.

El maestro de obras y el abad pensaban que el hombre no soporta el aburrimiento ni la monotonía y que una tensión excesiva hacia lo absoluto "rompería" su alma. Gracias a la alternación del acto y de la meditación, de la seriedad y la risa, es posible alcanzar un equilibrio que no se hunda en la uniformidad. En el siglo XIV se rechazó este ritmo de la vida comunitaria y una corriente rigorista, acompañada además por los más abyectos crímenes, condenó las fiestas. Debemos citar aquí un párrafo de una carta circular de la Facultad parisiense de Teología, fechada en marzo de 1444. Los últimos sabios de la época medieval explicaban de una manera admirable el profundo sentido de la fiesta de los Locos:

"Nuestros predecesores, que eran unos grandes personajes, permitieron esta Fiesta. Vivamos como ellos y hagamos lo que ellos hicieron. No hagamos estas cosas con seriedad, sino tan sólo por juego y para divertirnos, siguiendo la antigua costumbre, a fin de que la locura que nos es natural y que parece nacida en nosotros desaparezca y se evada por ese canal, al menos una vez al año. Los toneles de vino estallarían si de vez en cuando no se les abriera la piquera o el bitoque para que penetrara el aire en ellos. Ahora bien, nosotros somos unos viejos bajeles o unos toneles con los sellos mal colocados que el vino de la Sabiduría haría estallar si lo dejásemos hervir de esa manera con una continua devoción al servicio divino. Hay que airearlo y aflojarlo por temor a que se pierda y se desparrame sin beneficio alguno". No se prestó oídos a la advertencia y la supresión de las fiestas privó a la sociedad de sus más cálidos colores.

El prodigio más grande llevado a cabo por la catedral fue el de reunir todas las expresiones artísticas cuya necesidad hemos señalado anteriormente. La palabra del obispo manifiesta el arte del Verbo, el pensamiento del maestro de obras el de la arquitectura, la mano del artesano el de la escultura, los Misterios el del teatro ritual y los cánticos el de la música. Con ellos se evita la dispersión tan temida que el diablo lanza en nuestro camino, y en el alma, que no es uniformidad, comulgan las aspiraciones más nobles. El templo es comparable al cáliz del Grial que contiene las respuestas a cualquier interrogante, crea los reyes y hace fructificar las mieses. El mal caballero, aquel que se aferra exclusivamente a su interés personal, no es capaz de verlo. Con el fin de evitar su fracaso, hay que operar una "conversión de la mirada" que franquea el obstáculo de los detalles materiales y nos conduce hasta el coro de la catedral.

Una de sus funciones más extraordinarias y de las menos conocidas es la de ser una central que emite y distribuye la energía cósmica. Este concepto es de origen egipcio ya que en los templos faraónicos se hacia la ofrenda a los dioses para que la creación se renueve y aporte su dinamismo a la Humanidad. No hay ninguna diferencia entre la energía espiritual y la que hace moverse la corteza celeste y agita los mares. Un número reducido de sacerdotes iniciados la acumula en el lugar santo y se ocupa de regularizarla. Como escribía Heer, nuestras antiguas iglesias son comparables a los trituradores atómicos, ya que en ellas se concentran los poderes benéficos, conservados constantemente por el recogimiento, la liturgia y los símbolos. En vez de disociar la materia y de jugar a aprendiz de brujo, el sabio medieval manejaba las fuerzas universales con respeto y lucidez. De este modo impedía la inevitable explosión que se produce cuando el hombre destruye los ciclos naturales que no llega a comprender a causa de su vanidad.

Si la catedral es el guía por excelencia de nuestra vida interior, expresa su enseñanza con la mayor severidad. Después de haber abierto nuestro corazón, exige la abertura de nuestra conciencia. "Yo soy -nos dice- el Camino, la Verdad y la Vida, pero tú habrás de luchar contigo mismo para franquear el umbral y comprender el sentido de las figuras de piedra. No basta el más ferviente sentimiento; tienes que ponerte en orden, pensar tu vida y vivir tu pensamiento. Las piedras de los muros, pulidas y cuadradas representan los santos, es decir, los hombres purificados por la mano del Maestro de Obras supremo. Han permanecido entre nosotros para indicarnos el camino". Y Michelet escribía:

"Hombres vulgares que creéis que esas piedras sólo son piedras, que no sentís circular la savia, cristianos o no, reverenciad, besad el signo que contienen. Aquí hay algo grande, eterno".

Pasar por delante de la catedral sin verla sería perder para siempre esa realidad humana nacida de una unión sagrada entre el espíritu y la mano y manifestada en la tierra de Occidente. Y san Bernardo puntualiza:

"Es preciso que en nosotros se cumplan espiritualmente los ritos de que han sido objeto materialmente esas murallas. Lo que los obispos han hecho en este edificio, es lo que Jesucristo, el Pontífice de los bienes futuros, opera cada día en nosotros de una manera invisible... Entraremos en la casa que no ha sido erigida por la mano del hombre, en la morada eterna de los cielos. Se construyó con piedras vivas, que son los ángeles y los hombres".

Cuando la piedra habla, la materia se convierte en espíritu, el hombre y la catedral son una sola carne. Más allá de las edades, la piedra nos llama por nuestro verdadero nombre y podemos oír el eco de su palabra que resuena bajo las bóvedas y repercute de símbolo en símbolo.